Si el maquillaje le funciona como escudo, la música es el refugio donde le gusta encerrarse. Un espacio emotivo en el cual Johnny Jewel dice operar guiándose por instintos y donde le gusta moverse casi en silencio, la mayoría de las veces a solas. De alguna forma, la música sirve a la cabeza pensante tras Chromatics como ansiolítico con el cual alejarse del mundanal ruido. Asegura grabar canciones continuamente (aunque luego acabe editando únicamente un 5% de todo lo registrado).

En una temporada en la que mejor hacerse con un sintetizador para crear música pop, destacar en un entorno prácticamente copado requiere hacerlo con una banda grande como la que tenemos delante. Chromatics, para los que ni es por oportunidad, ni les viene de nuevo, pues llevan más de una década interviniendo sobre una fórmula que aúna el synthpop, el italo-disco, el post-punk, el dreampop o el dancepop de tempo lento con un esplendor inusitado. Estos estadounidenses se encargan de poner música a paisajes desolados. Arrimando un poco más el synth pop a una oscuridad tóxica y amenazante.

Ruth Radelet, que germina versos resignados y rendidos desde cierto hundimiento insalvable, se amolda idóneamente en cada intersticio para lo vocal en estertóreas luces que apagan toda posibilidad de recomposición y encienden las de una extraña e inagotable, dominante, belleza fría. En estos paraísos yermos de la emoción que en el desconsuelo aún crepita, el trabajo de Johnny Jewel, Adam Miller y Nat Walker brilla en magentas y azures mate por la generación de un hábitat sonoro delicado, meticuloso y pausadamente definido y sostenido con una solidez extraordinaria en canciones donde el recreo ambiental y la evocación, la diégesis narrativa, se confina como el reto cardinal más importante. Allí vuelan helores en forma de nubes de vaho que no cesa en exhalación, errantes acordes de guitarra que dibujan con imprecisión los últimos recuerdos de lo versado, cajas de ritmo desperezantes y sintetizadores protagónicos que ascienden y descienden tiñéndolo todo de añil congoja. Hacen de la epopeya llorada de Chromatics uno de los capítulos más interesantes de la contemporaneidad synth.

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