El impacto de una canción como "Let's Go Surfing", hit interplanetario con la que los neoyorquinos The Drums se dieron a conocer, podría haberse acabado convirtiendo en una auténtica maldición, pero los de Brooklyn han sabido reaccionar a tiempo y, a la hora de moldear su segundo trabajo, han optado por dar un paso al frente en vez de repetir la fórmula y quedarse encallados. Y pese a que no renuncian del todo al pop soleado, apenas un año después de su debut han estrechado lazos con The Smiths e incorporado pinceladas electrónicas para sonar más oscuros y melancólicos, aunque no por eso menos disfrutables.

La banda, afincado en Brooklyn, juega al descubierto en todo momento, sin ocultar unas influencias tan evidentes como bien asimiladas que el grupo transforma en composiciones de incontestable atractivo y mucha pegada. Alimentadas por líneas de bajo que son puro New Order –a Peter Hook le deben una explicación y más de un baile–, maceradas en arreglos cercanos a los The Cure primitivos y ejecutadas sobre una plantilla sónica de inspiración vintage –voces reverberantes y bordoneras sintéticas, juegos vocales de rock de los cincuenta, coros playeros–, las canciones de The Drums evocan lo mejor del indie rock británico primigenio, esquivando con naturalidad el abismo facsimilar.

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