Los trámites de cambio de abono por pulsera y tarjeta sorprenden por su fluidez. Un minuto después ya estamos atravesando el serpenteante cartel de letras luminosas que anuncia el nombre del festival. Así, de entrada, como quien vuelve a su casa pasado algún tiempo y nota de inmediato algo extraño: es la gigantesca noria girando sin parar junto al antiguo escenario Mini (ahora Heineken). Hacia él nos encaminamos para dar por inaugurado el festival con la actuación de Wild Nothing. Concierto correcto con puntuales momentos notables, las ensoñaciones románticas de Jack Tatum, por repetitivas, acaban por perder gancho. Hubiese sido bonito acompañar Only Heather con algunas imágenes del video musical (difícil tarea a las 7 de la tarde de la primavera de Barcelona).

Lo de Tame Impala es harina de otro costal, a priori primer concierto grande de mi agenda de bolsillo. Canción a canción van desgranando una batería de ritmos y melodías empapados en ácido lisérgico que se hacen acompañar de proyecciones láser de distintos colores que cambian y sugieren para volver a cambiar… todo un acierto. No han inventado nada, esto ya lo hacían Pink Floyd a finales de los 60. Claro que sí, hombre, pero es que esto es aquí y ahora, ¿entiendes? Es AQUÍ Y AHORA. Alargan, cortan, pausan, retuercen, calman, explotan las canciones como les viene en gana. Primer concierto memorable del festival. Ah, sí, pese a mis dudas iniciales, Cam Avery, bajista sustituto del recién salido Nick Allbrook cumplió… y con nota.

Tenía apuntados conciertos de transición, pero funcionaron mayormente como música de fondo. El siguiente gran nombre son The Postal Service. Desde el principio me ha sorprendido que sean cabezas de cartel. Tienen un disco, un buen disco, sí, pero es un solo disco. La reciente reedición de Give Up con caras b y temas nuevos es la disculpa perfecta para salir de gira y de paso hacer sonar la caja registradora. Pues bien, el concierto de The Postal Service fue perfecto, de una perfección casi desangelada. Tamborello hizo que el engranaje electrónico funcionase a las mil maravillas y Gibbard le puso la gotita de alma. Las canciones viejas funcionaron y las nuevas no. Y sí, Such Great Heights fue el momento carne de gallina. Ejercicio de nostalgia indietrónico.

Sin tiempo que perder salimos en dirección al escenario Primavera, donde en unos pocos minutos comenzará el concierto de Grizzly Bear. He visto a esta banda hasta en cuatro ocasiones y hasta ahora siempre habían rozado la perfección. Sin embargo, esta noche suenan lentos, volátiles y por momentos apagados... como las medusas que usaron como recurso escenográfico. Tal vez se me esté escapando algo y sea su intención hacer una presentación más pausada y atmosférica de sus canciones, pero es que diría que incluso los hasta ahora siempre impecables juegos de voces o la implacable sección rítmica de Christopher Bear fallan. Hoy Grizzly Bear son más grizzly que bear. Pequeña gran decepción.

Un 80% de la expedición vuelve al Heineken para ver a Phoenix, mientras que el 20% restante decidimos hacer tiempo con Simian Mobile Disco hasta que empiece Four Tet. Lo de Simian es de una simpleza vulgar… lo del título de aquel primer disco “Attack Decay Sustain Release” llevado al extremo, repetición sistemática de los mismos recursos, desarrollos torpes sin soluciones de escape. A la media hora perdemos toda esperanza y vamos al encuentro de Kieran Hebden en el Pitchfork. Four Tet entra en el escenario macuto a la espalda, sonríe y saluda con la mano, nos obsequia una hora de electrónica inquieta, ritmos poliédricos, estructuras complejas, sonidos de texturas orgánicas, samples tribales, le avisan de que se le ha acabado el tiempo, saluda, sonríe y se va tal y como entró, macuto a la espalda. Exquisito.

Finalizamos la jornada con una estupenda sesión de John Talabot en el Rayban. Lo damos todo hasta el amanecer, apurando hasta la última nota. No obstante, no puedo evitar abandonar el recinto con cierto poso de tristeza; las expectativas eran altas y distan de haberse cumplido.

03/06/2013
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