Ha transcurrido esta edición aniversario del Primavera Sound sin grandes sorpresas. El problema de los desplazamientos y los cuellos de botella quedó notablemente solventado con el doble escenario principal Primavera-Heineken. Respecto a los adoquines “zamburguesa” del escenario Rayban, se optó por la solución tan práctica como poco bonita del alquitranado general. El tema baños y barras se lleva un suficiente raspado: colas kilométricas en los momentos de mayor afluencia a los primeros y personal insuficiente y de cuestionable destreza en las segundas. El Pitchfork sigue siendo ese escenario que te puede arruinar un buen concierto. Nada nuevo bajo el sol. Respecto a lo musical, a destacar el tácito homenaje a las mujeres en el mundo del pop-rock en general, de Patti Smith a Tori Amos, y a la escena Riot Grrrl en concreto, de las rescatadas Babies in Toyland a The Julie Ruin y Sleater-Kinney.

Precisamente con una mujer comenzamos el festival de miércoles. Christina Rosenvinge, respaldada por una estupenda banda, ataca los temas de su nuevo álbum, “Lo Nuestro” (El Segell del Primavera, 2015). El buen nivel de unas primeras canciones marcadas por un sonido compacto, arriesgado y sin miedo a ciertas volteretas melódicas se echa a perder con el desafine paulatino marca de la casa. Lástima. A continuación toca ver al señor David Gedge al frente de su “otra” banda, Cinerama. Cuarteto de cuerda y exquisitez instrumental para deleitarnos con unas versiones easy pop de los temas de la banda madre, The Wedding Present. El tercer envite del día viene a cargo de Albert Hammond Jr., que tiene canciones, actitud y una voz que ya quisiera el amigo Casablancas. Himnos pop-rock de tonalidades épicas (“Losing Touch”) y apañadísima versión del “Ever Fallen in Love” de los Buzzcocks. Y la guinda del pastel la puso OMD, que tal y como sospechaba rozaron lo excelso con sus clásicos (los más) y abrazaron lo casposo con los nuevos (los menos). ¿Se imaginan un “OMD tocan “Organization” y “Dazzle Ships””? Ójala se miren en el espejo de The Cure y se den cuenta de que, en su caso, cualquier tiempo pasado fue mejor.

El jueves madrugamos para ir al concierto de Interpol en la sala Apolo. A pesar de tener ticket reserva, tenemos que hacer cola y logramos entrar justo cuando los cuatro de Nueva York salen al escenario. Concierto notable. Tan solo cabe reprocharles que no sepan administrar mejor la calma y la épica para evitar cierta sensación de monotonía. Además, el “nuevo” bajista toca “Untitled” de principio a fin un tono por debajo del de sus compañeros. Esta sí, cagada monumental. Tras la pausa necesaria, nos trasladamos al Rayban a ver a Mikal Cronin, que despacha un catálogo de power pop basado principalmente en sus dos magníficos últimos álbums, “MCII” y “MCIII”. Despliegue melódico desde la soleada California aderezado con exquisitos arreglos, artesanía pop y un poquito de mala leche y distorsión. El Sr. Cronin ha encontrado una fórmula sobresaliente ejecutada por una banda de músicos de altísimo nivel que trasladan al directo texturas, juegos y detalles con pasmosa facilidad. Lo de las armonías vocales con su guitarrista fue de nota. Continuamos con Spiritualized en el escenario ATP. A día de hoy, Jason “Spaceman” Pierce es una leyenda viva. Parapetado tras sus gafas de sol, entonó versos sobre religión, amor y muerte como si se le escapase la vida con cada sílaba y consiguió que unos cuantos miles de personas entráramos en un trance góspel-rock de algo menos de una hora. La elección de un magnífico setlist (“Electricity”, “Shine a Light” y “Electric Mainline”, un orden perfecto), sin duda, ayudó. Y esa sensación tan poco común de haber vivido uno de los grandes momentos de la historia del festival. Con la magia instalada en el cuerpo iniciamos el peregrinaje a mordor para ver al primer cabeza de cartel del día, The Black Keys. Y el primer pinchazo. Incapaces de trasladar al directo todos sus trucos de estudio, su potencia se difuminó en la inmensidad. Faltó actitud, faltó suciedad y faltó peligro. Las divagaciones blues se hicieron especialmente pesadas, y para cuando el concierto quiso arrancar con alguno de sus temas más conocidos (pienso en “She's lone gone” o “Lonely Boy”), ya teníamos el bostezo instalado en el hipotálamo y el calambre en las piernas. El último concierto completo del día fue el James Blake, que ofreció un espectáculo similar al visto en ediciones anteriores. Atrincherado tras su prophet y su nord piano y cubierto por sus dos secuaces habituales a la percusión, guitarra y cacharrería electrónica, dejaron que el escenario se bañase de tonos azules para rompernos el ritmo cardiaco con los graves de la casa y, ya sin más prolegómenos, repasar temas de sus dos primeros LPs/EPs más la versión de Jonni Mitchell “A case of You”. Blake sabe administrar a su antojo momentos íntimos y piezas up-tempo. A destacar “200 press” y su hermoso caos de samples vocales. Los que esperábamos algún aperitivo de su próximo álbum, nos quedamos con las ganas. Para acabar el día, peregrinamos de escenario en escenario en busca de estímulos musicales para mover el esqueleto. Un Andrew Weatherall de una monotonía insoportable no lo consiguió, un Roman Flügel de sonidos más inquietos sí.

Iniciamos la jornada del viernes con el concierto de The Julie Ruin, que saldaban deuda con el festival tras cancelar en la edición 2014 debido a los problemas de salud de su cantante. En esta ocasión, Katheleen Hanna, The Punk Singer, demostró que la actitud y las ganas a veces pesan más que las limitaciones técnicas de una banda de músicos reguleros. Proclamas feministas (“la revolución será feminista o no será”), himnos new wave muy a lo B-52's, un estilo vocal de tonos agudos y burlescos (hacia el final del concierto entre sus cuerdas vocales apareció el fantasma de su pasada enfermedad) y una pirueta final de la que Ms. Hanna aún debe estar recuperándose. Cinco minutos fue el tiempo disponible para trasladarse al escenario ATP para ver a los escoceses Belle and Sebastian, que centraron su concierto en su “segunda época”, esa que iniciaron con “The Life Pursuit”. Los fans de sus cuatro primeros álbumes, esperamos, canción tras canción, a que empezase ese otro concierto. Para entonces, lamentablemente, ya nos habíamos tenido que ir para ver lo más cerca posible a Sleater-Kinney. El regreso de las de Olympia (Washington) con el estupendo “No Cities to Love” fue una de las mejores noticias del pasado ejercicio y su paso por nuestro país, una oportunidad única para deleitarnos con una de las mejores bandas de ROCK que hoy por hoy se pueden disfrutar sobre un escenario. Sin concesiones, sin dar un respiro entre canción y canción, potentes, precisas, voces, batería y guitarras fueron un tsunami sónico que nos dejó sin aliento. Tan solo se bajaron de semejante apisonadora en el último tema, la preciosa “Modern Girl”, con la que cerraron un recital sobresaliente. A continuación, justo enfrente, el concierto reunión del festival, Ride. “Fyt”, de sus coetáneos This Mortal Coil, sirvió para crear la atmósfera necesaria a modo de prólogo. Justo después “Leave Them All Behind” y su devastadora línea de bajo. “Polar Bear”, Seagull”, “Dreams Burn Down”, “Paralysed” y así hasta 16 temas centrados en la primera y mejor parte de su producción discográfica. Tablas, muchas tablas y un sonido si acaso más limpio/rockero y menos difuminado/shoegaze de lo esperado; no sabría decir si eso es algo bueno o malo. Para cerrar el día nos decantamos por Jon Hopkins, apuesta segura a tenor de lo ofrecido en su último disco, “Inmunity”, obra con la que ha sabido orientar su electrónica emocional a la pista de baile. Su directo es el de un hombre solo enfrentándose a las máquinas para hacerlas escupir emociones humanas, un genio que tan pronto te estampa poliritmias in your face como te inserta a mitad de concierto un paisaje ambient digno de Boards of Canada. O no tan solo: la coreografía de 4 bailarinas con hula hops de luces de colores cambiantes despertó una sonrisa de simple y llana felicidad. De otra galaxia.

Y llegamos al último día con más ganas que fuerzas, por lo que postergamos el pistoletazo de salida a los prometidos greatest hits de los ya clásicos por derecho propio Einstürzende Neubauten. A excepción de “Haus der Lüge”, momento más ruidoso del concierto, basaron su setlist en su época post-“Tabula Rasa”, su época “amable”: desarrollos musicales vanguardistas vertebrados en los recitados de un Blixa Bargeld de muy mala hostia, la cacharrería rítmica habitual y el bajo de Alexander Hacke. Cada vez que los veo en directo me prometo retomar las clases de alemán: Hipnóticos. Una vez más peregrinación –la última- a la zona de levante para ver al cabeza de cartel del día, The Strokes. 15 minutos de retraso hicieron temer lo peor. Finalmente salida al ruedo para tocar, uno a uno, todos los mejores y más conocidos temas de la carrera de los neoyorquinos, esto es, casi todo “Is This It?” y temas sueltos del resto. Concierto muy apañado cuya fluidez se vió empañada por unas infinitas pausas entre canción y canción. Tras finalizar el concierto, al calor del "Don't Worry Be Happy" de Bobby McFerrin, me convertí en cabeza de una conga kilométrica: momento surrealista del festival. Bastante rotos, escuchamos los primeros temas del “dubnobasswithmyheadman” de Underworld, recientemente reeditado. Ejercicio de nostalgia IDM que nos hizo rememorar en qué consistía la electrónica inquieta en la ya lejana década de los 90. Como era de esperar, cerraron con "Born Slippy.NUXX”, que no pertenece al citado álbum, pero es el tema que todo el mundo estaba esperando. Exhaustos, finiquitamos festival en el Rayban con Caribou. Dan Snaith se sabe poseedor de un directo capaz de embaucar al más escéptico. Uniformados de blanco, su talento consiste en difuminar los límites entre la canción pop y el puro dance, los instrumentos reales y los sonidos computerizados, incidiendo en la rítmica como principal argumento. Un fin de fiesta al nivel esperado en el escenario favorito de muchos.

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