Uno de los grandes misterios del pop de los últimos años tiene nombre y apellidos y se llama John Maus. Teclista ocasional de Animal Collective, protegido de Panda Bear,colaborador de Ariel Pink y capaz de sostener a la vez varios personajes; el de Austin reparte su tiempo entre las clases de filosofía política que imparte en la Universidad de Hawai y la creación de una música atemporal y desubicada que lo mismo recuerda a David Bowie que a Joy Division o a unos Walker Brothers versión crepuscular. Discos en solitario y un puñado de lanzamientos caseros, dan vida a las credenciales de un músico llamado a convertirse en un nuevo faro del indie más inquieto.

Viajero por el tiempo con la misión de afanar melodías tecno-pop. Visionario que se sirve de la exageración para marcar territorio. Agitador conceptual empeñado en quemar los manuales del buen gusto y a su vez diseñar otro que se sustente en alterar el contexto. Músico de voz monacal que traslada ecos de una antigua superioridad espiritual a la soledad tecnológica del momento actual. Su misión nada tiene que ver con el rescate como revival de lo vivido. Maus destripa antiguos sintetizadores y melodías de un contexto muy concreto para proclamar una nueva estética: convulsa, engañosa y para nada feísta. Porque derivar el talento de Maus hacia la melodía sintética de los ochenta es más un error de bulto que una construcción simplista. En su núcleo hay sedimentos barrocos, una religiosidad laica pivotada sobre la obsesión de un enunciado o una simple idea abstracta. Las canciones se ofrecen a pecho descubierto, con una personalidad tan apabullante que no requieren consenso para consagrar a su autor como una de las mejores noticias llegadas del underground en los últimos cinco años. Maus conoce el secreto de Bach y sufre la patología de Suicide.

John Maus expolia el legado del tecno-pop fabricado en los ochenta y los sintetizadores de la década anterior, no lo hace con intención de recordar lo vivido. Aprovecha la claridad de aquellas inolvidables melodías para dar solidez a unas canciones distintas, que en sus manos se vuelven excesivas y a veces hasta grotescas. Algo así pasaba con Suicide y el rock’n’roll. Tiene talento: las maquilla en exceso con productos baratos y el resultado sorprende por su belleza. La música de Maus es una fantasía hecha con mimbres reales. Lo apocalíptico se manifiesta en toda su extravagancia, mientras lo mundano se gusta tal como es. No hay lugar para las medias tintas.

La voz de Maus –amplificada por ecos y reverberaciones- inyecta una turbia intensidad a la suavidad del pop. Marca territorio aportando una exageración emocional que, más que falsa, suena intencionada. Aprovecha los sintetizadores de Giorgio Moroder, e incluso la espiritualidad de la música barroca, para proyectar un efecto tremebundo. En canciones como "Believer" consigue una ilusión de falsa religiosidad. Porque aquí no se venden dogmas de fe, sino todo lo contrario: se regala el cuestionamiento como actitud ante el arte. Igual por eso no le gusta que le llamen músico, como también le ocurre a su compañero de la época colegial Ariel Pink. Pero mientras últumo en directo lleva la exageración al chiste, Maus la convierte en una épica sin efectos nocivos. La autenticidad se percibe como un residuo del Antiguo Régimen. Ahora se apuesta por una acertada representación.

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