Son ya unos cuantos años escuchando el mismo mantra: la burbuja de los festivales va a pinchar. Lo cierto es que el mundillo festivalero ha vivido una gran efervescencia en los últimos años, con el sector creciendo sin parar y los eventos de música en vivo multiplicándose y extendiéndose por todos los rincones del país. Los festivales se han convertido en una plataforma esencial para muchos artistas, además de en un plan de ocio que se generaliza imparable entre jóvenes y no tan jóvenes, adaptándose a diferentes tipos de audiencia y convirtiéndose incluso en un vector turístico de primer orden.

Así las cosas, y cuando ya nos habíamos acostumbrado a este floreciente panorama preñado de eventos de todo tipo, hete aquí que, sin comerlo ni beberlo, de un día para otro llega el tan cacareado pinchazo, desencadenado por un factor tan imprevisible como dañino: una pandemia vírica. Alucinante pero cierto. Un virus ha conseguido, de la noche a la mañana trastocar por completo nuestra vida cotidiana, desbaratando (entre otras muchas cosas) nuestros planes de ocio outdoor. Se impone la distancia social y el confinamiento en nuestras casas hasta que pase la alerta sanitaria.

Ante este panorama, el sector de la música en vivo se desmorona en tiempo récord. A comienzos de marzo empiezan a caer las primeras cancelaciones, y desde entonces entramos en una cascada imparable de eventos cancelados, suspendidos sine díe o aplazados al verano o el otoño, épocas post shock que todos esperamos ya sean tranquilas, sin amenazas biológicas a la vista. Mientras, los macrofestivales veraniegos contienen la respiración esperando que todo amaine rápidamente. A nadie se le escapa el descalabro económico que supondría una cancelación generalizada, pero la situación sanitaria inédita impone sus propias normas. Glastonbury en UK ya canceló hace unos días, y otro grande como Coachella se ha movido a octubre. Dentro de nuestro panorama, Primavera Sound es el primer gran festival que ha movido ficha, anunciando su traslado de junio a finales de agosto.

Vale, ok, recapitulemos entonces en busca de certezas. Parece ya clarísimo que los festivales de primavera no van a celebrarse. Abril y mayo serán meses en los que cambiaremos las pulseras por los conciertos en streaming que proliferan en estos días de cuarentena. Serán también meses de gran intranquilidad para la mayoría, de miedo y de incertidumbre ante lo que está por venir. ¿Y qué está por venir en lo que se refiere a festivales? Pues ni idea. Ni pajolera idea, oiga. Ya estamos viendo que, en los tiempos del dichoso virus cualquier predicción más allá de unos días vista resulta de lo más aventurada. Bastante tenemos con contemplar alucinados todo lo que está pasando, como para saber qué se viene a partir de ahora. Pero parece lógico imaginar que, ante la amenaza planetaria que supone el COVID-19, la vuelta a la normalidad una vez levantado el estado de alarma implicará restricciones que garanticen que no se dan pasos atrás. Resulta extraño pensar que vamos a pasar de estar confinados en casa a juntarnos por miles delante de un escenario a cantar y sudar todos juntos y bien apretujados. Desde luego no parece lo más prudente esta temporada, aún sin vacunas ni tratamientos efectivos contra este nuevo virus que, desde hace unos pocos meses, desgraciadamente nos acompaña.

¿Y entonces?¿Hasta dónde/cuándo llegarán las cancelaciones de eventos? ¿Se caerán los grandes festivales de la temporada? ¿Estaremos en verano festivaleando en bermudas y mascarilla?¿Se organizarán festivales solo para personas que puedan acreditar inmunidad tras haberse infectado? ¿Is this real life o un episodio de Black Mirror?

Como veis, en este equipo no tenemos respuestas, solo muchas dudas ante lo que nos depara nuestra recién estrenada realidad. Lo que sí tenemos son palabras de ánimo y reconocimiento para artistas, promotores, y en general todos los trabajadores que viven de la música en directo. Son tiempos duros, vienen meses inciertos, pero con suerte, más pronto que tarde, volveremos a la feliz burbuja.