Texto: Sergio Rodríguez
Fotografías: Maia Figueroa (excepto portada: DGTL)


​DGTL, viernes 12 de Agosto, Barcelona

El Tram se aleja, deslizándose quejumbroso por esta parte desmemoriada y sin carácter de la ciudad, con toda la pereza de la primera hora de una tarde de Agosto. La subida que conduce al recinto del Fórum se muestra una vez más ante nosotros cargada de promesas, si bien no es un camino de baldosas amarillas precisamente. El suelo parece temblar a nuestro paso con el repicar del bombo procedente de uno de los escenarios. A un lado, los jóvenes se congregan formando corros al cobijo del Auditori, y solo los lateros reúnen el coraje necesario para desafiar a un sol despiadado.

—Cerveza, beer…

—No, gracias.

Junto a las taquillas, a lo lejos, veo a un individuo dando saltos y agitando los brazos con vehemencia. Sin duda está intentando llamar la atención de alguien, y solo al acercarnos me percato de que se trata de A, renombrado productor de música electrónica también conocido como K, también conocido como BK, y de que nosotros somos los destinatarios de sus señales. Viste camisa negra con palmeras y un curioso sombrero árabe negro con bordados en dorado. Con él se encuentra L, su novia, dedicada también al mundo de la música, aunque desde una perspectiva más clásica.

Parece que tienen algún problema con sus entradas, pero en pocos minutos logramos solventarlo (las nuevas tecnologías pueden ser maravillosas, pero por el momento yo seguiré confiando en el papel impreso) y nos encaminamos hacia las puertas de acceso al festival, dominadas por las enormes letras que le dan nombre —DGTL— y donde los miembros de seguridad se emplean con excesivo celo en el cacheo de los asistentes.

A primera vista, se percibe un cierto aire berlinés en el ambiente. Contenedores de mercancías, bidones de crudo a modo de papeleras, instalaciones satélite, cajas e indicadores de madera (sí, del tipo de madera omnipresente en los locales de la ciudad más moderna de la península)… y el bombo que no cesa desde el escenario Stereo. No es complicado sentirse como un figurante en un plató de película post-apocalíptica.

—Es horroroso —sentencia M. Supongo que hay diferentes maneras de verlo.

Contraviniendo nuestras pautas de conducta habituales, optamos por dirigirnos a toda prisa hacia el escenario Phono sin parar antes en una barra. Es una decisión arriesgada, considerando el calor, pero no debe faltar mucho para que Pional finiquite su set. Por suerte, el escenario está situado justo debajo de las placas solares que se erigen en una de las esquinas del recinto, con lo que la brisa marina y la sombra lo convierten en un verdadero oasis. También será un oasis en cuanto a programación musical se refiere a lo largo de las dos jornadas, aunque esto aún no lo sabemos. Al madrileño se lo ve cómodo, y su sesión va discurriendo con la calma perfecta para tan temprana hora. Siendo uno de los secretos a voces mejor guardados del panorama electrónico nacional, goza de la aprobación del nutrido grupo de gente que se da cita frente a él y que se viene arriba en cuanto empiezan a sonar los acordes del «Take Me to Your Heart» de Eurythmics, que da paso a un tramo final en el que Pional se entretiene jugueteando con el acid.

Pional

Tras él, el holandés Job Jose enlaza el inicio de su sesión con el infalible «Smalltown Boy» de Bronski Beat, lo que viene siendo jugar a caballo ganador. A pesar del prometedor inicio, empezamos a pensar que saltarnos el paso por la barra quizá haya sido una decisión demasiado temeraria, y ponemos rumbo a una de las barras en busca de cerveza. Más tarde regresaremos con el tiempo justo de ver al holandés cerrar con el «Born Slippy» de Underworld, y entonces pensaré que quizá no haya estado nada mal su sesión, pese al nulo riesgo de su propuesta.

¿Y qué hacemos entre «Smalltown Boy» y «Born Slippy»? Recargamos nuestras pulseras en las cabinas de cashless y, tras reunirnos con J, nos agenciamos unas cervezas. De camino al escenario Digital, donde esperamos encontrarnos con el deep house del noruego Finnebassen, A me dice que para poder realizar una crítica justa y fundamentada de las sesiones las deberíamos ver completas, de principio a fin. Sin embargo, al llegar al escenario Digital no hay ni rastro del noruego y, en su lugar, Gardens of God están sirviendo una cruda ración de trance.

—Tío, no tengo el cuerpo para esto ahora mismo, vámonos a otro sitio —comenta A con el ceño fruncido. Al carajo la crítica justa y fundamentada.

Un breve paso de reconocimiento por el escenario Audio nos confirma las sospechas de que el ambiente ibicenco, para lo malo y lo peor, va a dominar esta parte del recinto, con lo que decidimos retornar al escenario Phono, donde Job Jose está a punto de dejar paso a Fort Romeau.

—Es finísimo, ya verás —asegura A, que recientemente ha coincidido pinchando con él en otro evento. Al parecer, se profesan una admiración mutua.

Y efectivamente, ya desde los primeros minutos, Fort Romeau evidencia por qué era uno de los nombres más esperados por todos nosotros. Con su capacidad para imbuir al house más clásico de una especial sensibilidad pop y con su apariencia de joven lord británico, no tarda en meterse al público en el bolsillo. Su sesión es pasional, elegante, cargada de romanticismo («Como si pinchara en su noche de bodas», me dice al oído A con una amplia sonrisa), y la puesta de sol no hace sino acentuar todas esas virtudes. Seguro de sí mismo, alarga los temas hasta el infinito, e incluso tiene el detalle de rendir honores a la escuadra que juega en casa mezclando un edit de John Talabot y Marc Piñol. Sin duda, acaba de dejar el listón por todo lo alto.

Fort Romeau

La elección es ahora entre el live de Gui Boratto o la sesión de Mano Le Tough en el escenario Digital. Nos decantamos por este último casi sin dudar. El irresistible encanto de la novedad. Con la noche ya cerrada, es cuando el montaje del escenario Digital brilla en su máximo esplendor. El juego de luces, que además del escenario se refleja también sobre las columnas de la estructura que envuelve al público, consigue un efecto demoledor. Mano Le Tough tiene medio trabajo hecho. Sin embargo, un inicio monótono y trotón nos hace torcer el gesto. Algo no funciona cuando la música es jaleada con gritos al más puro estilo hooligan y el bombo replicado a silbidos. Por suerte, tras una bajada de pistón que el público agradece, la sesión parece resetearse y los matices empiezan a cobrar protagonismo. Esto ya es otra cosa. J nos sugiere entonces escaparnos a ver a Surgeon. Una lengua de hielo me recorre el espinazo, pero consigo disuadirlo con toda la amabilidad que soy capaz de reunir. Le prometemos en cambio ir al live de KiNK.

Mientras tanto, M se ha acercado a uno de los puestos de comida. En su apuesta por la sostenibilidad y los productos orgánicos, el festival ofrece únicamente comida vegetariana. La indefectible superioridad moral del vegetarianismo golpea de nuevo. A su regreso, su gesto lo dice todo. El olor del aceite proveniente de la zona de comidas no hacía presagiar nada bueno. Incluso la mejor de las intenciones puede acabar en desastre en las manos equivocadas.

Cuando decidimos movernos hacia el escenario Audio, donde KiNK está a punto de empezar, el set de Mano Le Tough se encuentra en plena ebullición y a duras penas conseguimos salir de allí, echando la vista atrás con tristeza.

—¡Mirad, el tío está lanzando sus redes para que no nos vayamos! —grita A rompiendo en una carcajada.

Frente al escenario Audio, la expectación es máxima para recibir a KiNK. Centrándose en un intenso set de house enérgico consigue romper el groove monótono y el postureo que reinaba en este escenario. Sin embargo, por algún motivo no consigo sumergirme en la música. Veo que L y M se han quedado retrasadas intentando mantener una conversación a gritos al oído. Me acerco y les pregunto si son conscientes de que se están dando la chapa. Las dos me miran con los ojos como platos y asienten al unísono. Afortunadamente tengo la absoluta certeza de que no consumen drogas. Más tarde sabré que hablaban sobre Owen Jones, la lucha obrera y la batalla por los derechos de los homosexuales. Percibo que KiNK no está causando una gran impresión en ellas.

Al cabo de un rato, M y yo decidimos volver al escenario Phono. Allí nos espera un sorprendente Hunee, en back to back con Antal, al que en una sola palabra se podría definir como groovy, y que nos brinda una sesión plena de soul, funk y disco digna del Studio 54. En este caso, es la música la que se nos infiltra bajo la piel y nos sacude el cuerpo de arriba abajo sin apenas esfuerzo. Es así como debería ser siempre. A juzgar por sus gestos e histriónicas coreografías, Antal está disfrutando como un niño en la mañana de Reyes. La noche no podría tener un final mejor.

Hunee B2B Antal

Sábado, 13 de agosto, Barcelona.

Como un zumo de naranja recién exprimido en una mañana de resaca. Ese es el efecto que nos produce la sesión de Marc Piñol a primera hora de la tarde. ¿Dónde? En el escenario Phono, cómo no. En cuanto llegamos, cerveza en mano, el barcelonés consigue que nos sacudamos el agotamiento del día anterior con su habitual sobriedad y precisión quirúrgica, no exenta de sensibilidad, eso sí. No podía ser de otra manera cuando lo has visto durante años, noche sí y noche también, merendarse a la celebridad foránea de turno en su antigua residencia en el club más distinguido de la ciudad, sin apenas inmutarse.

Con el ambiente ya caldeado, Tama Sumo, residente del reputado Panorama de Berlín, está resuelta a subir unos grados la temperatura tiñendo de ritmos brasileños el inicio de su sesión, que alcanza sus cotas más elevadas cuando se adentra por terrenos jazzísticos. La atmósfera que se respira es extraordinaria, y con un solo vistazo al resto del festival (desde aquí arriba se tiene una panorámica completa del recinto) la idea de explorar los otros escenarios se nos hace cuesta arriba. No obstante, decidimos dirigirnos hacia el escenario Digital para presenciar lo que se prevé como la consagración definitiva de John Talabot tras los unánimes elogios cosechados por su aportación a la serie DJ-Kicks.

De camino, hacemos una parada en el Revolution Market donde, en consonancia con el espíritu del festival, diseñadores y artistas independientes centrados en el consumo responsable ofrecen piezas exclusivas producidas de manera artesanal. Nos fijamos en unos bolsos de colores frescos y llamativos que parecen estar confeccionados con toldos de playa. Al instante, la chica que los produce nos detalla el proceso y la historia tras ellos. Al parecer, se llaman Lolitos. Ella irradia simpatía. M se lleva uno verde con finas rayas blancas verticales.

Con John Talabot suele sucederme lo contrario que con Marc Piñol. Si bien su producción propia es de una calidad incuestionable, en las ocasiones en que lo he visto tras los platos me ha dejado más bien frío, por así decirlo, y tampoco parece que esta vez vaya a ser una excepción. Quizá se trate de una cuestión de expectativas. Quizá sea que la sutileza y el refinamiento de sus producciones pierden terreno en favor del rasgo grueso en las sesiones. O puede que no tenga nada que ver con todo esto. Difícil dilucidarlo. Lo cierto es que en esta ocasión, aun sonando fresco, el bombo está cobrando más protagonismo de lo habitual, sacudiendo al personal a base de bien. La introspección relevada por la lujuria festivalera. En cuanto aparecen A, L y J acompañados de más gente y arrastrando una resaca importante (todos se alojan en la misma casa y parece que no han dedicado demasiadas horas al descanso), tomamos la sabia decisión de poner rumbo definitivo hacia el escenario Phono.

John Talabot

Kyle Hall, el joven prodigio de Detroit, comienza arrollando, sin concesiones, ofreciendo una clase magistral de house clásico al estilo de Chicago que nos deja sin aliento. Semejante categoría debe de ir impresa en su ADN: no hay otra explicación. En ese momento, ya tenemos claro que no abandonaremos el escenario Phono en lo que queda de noche. Sin embargo, un giro hacia el minimal a mitad de sesión hace que todo se ralentice y la gente empiece a desertar con cuentagotas, quizás en busca de emociones más fuertes. Una lástima.

Aunque… ¿Qué demonios es esa multitud que viene hacia nosotros? Desconcertado, miro hacia el escenario en busca de respuesta, y veo que el parisino Jeremy Underground está ya dispuesto a tomar el relevo en los platos. Frente a él, la muchedumbre comienza a aglomerarse en un estado de fervor desmedido, y los primeros compases son jaleados por un bosque de brazos en el aire. Por lo visto, el francés acumula una legión considerable de seguidores, y enseguida queda de manifiesto el motivo. En un despliegue de deep house puramente neoyorquino matizado con su French touch, Jeremy convierte la pista de baile en una celebración colectiva. Difícil no comulgar con su credo.

El testigo lo recoge Boris Werner, quien no tiene la más mínima intención de concedernos un respiro. Mezclando con precisión house moderno en un set repleto de giros inesperados, nos induce un estado de tensión y suspense. Lo mismo nos empuja a dar botes sin control que nos hace poner los ojos en blanco. Sin discusión alguna, se está convirtiendo en la gran sorpresa de la noche: ha estado sacándose trucos de la manga hasta el final. El cierre, un giro tropical al “Can you feel it” de Mr. Fingers, pone el broche de oro final.

Extenuados aún, tratando de recobrar el resuello, A nos reúne y nos informa de que estamos en la lista de invitados para la after party del festival en la sala Apolo. La plana mayor de Hivern estará a los platos. Decidimos que éste es un momento perfecto para dar por concluido nuestro paso por el DGTL y encaminarnos hacia la sala Apolo. Aunque esa es ya otra historia.

28/08/2016
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