PRIMAVERA SOUND 2019
27 Mayo – 2 Junio, Barcelona.

El día que se dio a conocer el cartel de la última edición del Primavera Sound, una ola de indignación corrió como la pólvora por las redes sociales que, como suele ocurrir en estos casos, iba desde los más ocurrentes chascarrillos hasta ataques directos a la dirección del festival. ¿El motivo? Al parecer ésta había herido sensibilidades incluyendo en su programación estilos ajenos al público más tradicional. ¿Trap? ¿Reggaetón? Not on my watch! E incluso había osado dar preeminencia a rutilantes artistas pop de un perfil más mainstream, por así decirlo. ¡Hanna Mo… digo.. Miley Cyrus? ¡Por el amor de dios! Por otra parte, ¿a quién le importa que la mayoría de los nombres fueran totalmente desconocidos para gran parte de esta nueva clase de ofendiditos?

Días después de su celebración, se puede asegurar sin temor a equivocación que lo que parecía un arriesgado giro de timón (y digo que parecía puesto que el riesgo siempre ha sido seña de identidad del Primavera Sound) ha dado como resultado un balance que no podría ser más positivo a favor de la dirección del festival. No solo ha sido un completo éxito en cuanto a número de asistentes, que han superado la cifra de los 220.000 en el cómputo global (lo que no derivó en una sensación de masificación gracias a la buena distribución y aprovechamiento de los espacios), sino que también se ha llevado a cabo el necesario rejuvenecimiento de la audiencia, clave en el objetivo de asegurar la supervivencia del modelo dentro de un despiadado mercado que devora proyectos a velocidad de vértigo. También se han podido presenciar destacados espectáculos escénicos (Janelle Monáe, Christine and the Queens…) que hasta ahora, salvo en contadas ocasiones, no eran la norma habitual.

Mención aparte merece el apartado de organización y logística dentro del recinto, y es que cuando parecía que era difícil mejorar ciertos aspectos en este sentido, detalles como el césped artificial, que transformaba la zona de los dos escenarios principales antes conocida como Mordor en un agradable entorno más parecido a La Comarca, se sumaron a una cada vez más destacable oferta gastronómica a la altura del buen estado de forma de la ciudad, además de una mayor eficiencia en las barras y la ya consabida buena gestión de limpieza de recinto y lavabos.

Unos habituales como Deerhunter fueron los encargados de dar el pistoletazo de salida el lunes en una sala Apolo que se quedó pequeña, en vista de la multitud que no pudo acceder tras completarse el aforo. Los pupilos de Bradford Cox alargaron el idilio que mantienen con el festival y su público con una sesión de noise-rock y psicodelia que fue ganando en intensidad según avanzaba, y en la que entremezclaron algunos de los momentos de pop más refinado de su discografía como la novedosa «What Happens to People» o las ya clásicas «Desire Lines» y «Agoraphobia». Ya el miércoles, durante la jornada gratuita abierta a todos los públicos en el recinto del Fórum, la joven Gabriela Casero brindó la primera sorpresa del festival con su proyecto Mow, presentando los temas de aparente fragilidad y tejidos de electrónica de su debut Woman. Nombre a seguir desde ya. El trío afincado en Barcelona Egosex hizo moverse a los presentes apelando a sus instintos más primitivos con una mezcla de ritmos africanos, electrónica y blues. Tras ellos, la australiana Hatchie sorprendió de inicio con un muestrario de temas indie-pop que, bajo una aparente candidez, ofrecían giros melódicos que hacían pensar en unos aseados Cocteau Twins para las nuevas generaciones, y pese a que pareció perder algo de pegada a mitad de repertorio, el cierre con la destacada «Sure» (que ha sido remezclada por el mismo Robin Guthrie) y la ensoñadora nostalgia que desprende «Stay With Me» dejó un estupendo sabor de boca. Por su parte, Cuco reunió frente al escenario a una fiel legión de seguidores y no era para menos, a tenor de lo visto en un set de impecable sonido, sorprendente para una propuesta que tiene su origen en ese dream pop de dormitorio de baja fidelidad con cadencia hip-hop que últimamente está deparando grandes alegrías (atención a propuestas similares como RICEWINE o Vansire, por citar algunos nombres). La perspectiva de casi una hora de Autotune por parte de Big Red Machine para cerrar la noche suponía un reto solo al alcance de los más valientes del lugar.

La joven Alice Phoebe Lou contagió su entusiasmo a los más madrugadores en la primera jornada propiamente dicha del festival, y pese a su tierna edad, se la vio tremendamente cómoda sobre el escenario en un formato que incluía sección de viento y que derrochó groove a raudales. Por su parte, Soccer Mommy, en su origen el proyecto de dormitorio de la también jovencísima Sophie Allison, ha ido poco a poco mutando en formato de banda indie-rock clásica de perfecto engranaje, mostrando tener bien asimiladas las enseñanzas de combativas damas del rock alternativo americano de los noventa como Tanya Donelly, Juliana Hatfield o Liz Phair en temas irresistibles como «Your Dog» o «Henry». Notable alto para la de Nashville. No tan alto puntuó al día siguiente su compañera de generación, y muy próxima estilísticamente, Lindsay Jordan al frente de sus Snail Mail, pues el ritmo de su set se vio lastrado por algunas interrupciones, y solo temas tan redondos como «Pristine» o «Speaking Terms» de su destacable álbum Lush salieron al rescate de una actuación que parecía zozobrar en sus inicios. Y precisamente cortes tan redondos es lo que parece faltarles a Big Thief para llegar a cumplir las altas expectativas que a menudo generan, pues a pesar de hacer gala de una perfecta técnica y de la energía que derrocha su líder Adrianne Lenker, su indie-rock tan adecuado para las tardes festivaleras no llegó a brillar como hubiera cabido esperar. Todo lo contrario que unos irreverentes y divertidos Bakar que, con la inmediatez punk heredada de aquellos primeros Bloc Party que sacudieron la entrada de siglo («Handful», «Big Dreams»), un cierto aire indie a lo Lightspeed Champion, el aderezo de sonidos hip-hop y pinceladas r’n’b en impecables medios tiempos como «Small Town Girl», se apropiaron del escenario Lotus, plantado en plena playa del Fórum, para mostrarnos a qué suena el norte de Londres en la presentación de Badkid, uno de los debuts más frescos y sorprendentes de la temporada. Tras esto, la bisoñez de una Clairo de camino a convertirse en ídolo de la generación post-millenial supo a poco, si bien como en el caso de su colega Cuco también gozó de un buen sonido y del apoyo de sus fieles seguidores, que corearon destacados himnos como «Pretty Girl». En otra liga juega ya desde hace algún tiempo Courtney Barnett, y la australiana no dudó en demostrarlo sobre las tablas ya desde la inicial «Avant Gardener», uno de sus temas más celebrados, en un enérgico set con actitud garaje-punk centrado en su reciente Tell Me How You Really Feel, y en el que brilló con luz propia la más reposada «Need a Little Time» de reminiscencias a Neil Young. Más irregular resultó la presentación, al fin, de unos clásicos como Guided By Voices por estas tierras. Y es que los de Ohio adolecieron en directo del mismo mal que presentan en su extensa discografía, y que posiblemente sea lo que les haya mantenido en un segundo plano a la sombra de más ilustres compañeros de generación. Siendo de tan prolífica e inagotable producción, fogonazos indie-rock incontestables como «Motor Away» o «Game of Pricks» se ven minimizados entre acercamientos algo menos memorables a un rock progresivo que, en el mejor de los casos, puede hacer recordar a The Who.

Como ya viene siendo habitual en las últimas ediciones, el hip-hop tuvo una destacada presencia en la presente, con Future como oficioso cabeza de cartel de la noche del jueves, tomando el relevo de otras grandes figuras como Kendrick Lamar, Tyler the Creator o A$ap Rocky. Aunque quien realmente pareció despertar más expectación fue un clásico como Nas, que desbordó el escenario Ray-Ban y, flanqueado por una megabanda, ofreció una clase magistral del estilo sin dar tregua desde el medley inicial de «The Message» con la reconversión del clásico de Eurythmics en su personal «Street Dreams», y sacando de seguido la artillería pesada con una infalible «The World is Yours» para allanar el camino en un paseo triunfal. Y junto a estas figuras ya consagradas, también hubo lugar para nuevos nombres que ya están dando batalla. Fue el caso de la joven 070 Shake, quien haciendo buena la previsión de Kanye West, arrasó el escenario con una energía arrolladora y una amplitud de registros vocales portentosa. Y también de IDK, quien con su rima afilada y tampoco falto de energía hizo brincar al puñado de fieles que se agolparon en el coqueto escenario Seat Village en lo que se pudo disfrutar casi como un pase privado. En un tono más pausado, pero con similar verbo incisivo, Kate Tempest volvió a poner el espejo frente a una sociedad occidental en pleno declive, presentando su reciente The Book of Traps and Lessons, en lo que podría ser una apropiada banda sonora para la serie más aterradora de la temporada: Years and Years de la BBC. También de las islas británicas, aunque ya con un registro distinto, llegó Loyle Carner, otro de los nombres llamado a brillar con luz propia. Enfundado en la elástica del Liverpool, el londinense saltó al escenario cuando su equipo comenzaba a encarrilar la consecución de una nueva Champions League, y mostró maneras de una exquisita elegancia, con un formato que incluía bajo y batería, en un set en el que una base que lucía destellos de jazz, soul, r’n’b y funk acompañaba a su recitado de tono lánguido, y en el que además de repescar temas de su extraordinario Yesterday’s Gone como el ya clásico «The Isle of Arran», también presentó su recién estrenado Not Waving, but Drowning, álbum que debería alzarle a lo más alto en los próximos meses.

Sons of Kemet en formato XL, es decir, ampliando su formación a cuatro baterías, sacudieron al personal bajo el sol de primera hora de la tarde del viernes con su desenfrenado jazz de raíces afrobeat y dub, aunque seguramente hubieran tenido más impacto en una franja horaria más avanzada. También mostraron matices dub Beak> dentro de su acercamiento al krautrock hipnótico. Los de Geoff Barrow (Portishead) se metieron al público rápidamente en el bolsillo desenfundando en el segundo corte una «Brean Down» que podría ser lo más cercano a un hit que puedan producir y que no desentonaría entre el tracklist de aquel deslumbrante Cold House con el que Hood estuvieron cerca de hacer sombra a unos Radiohead en plena expansión alrededor del 2001. A partir de ahí, todo fue rodado para los británicos. Mientras tanto, en el espacio Your Heineken Stage (en este punto, obviaremos las valoraciones sobre cierto patrocinador principal…), una carpa en cuyo interior se recreaba el clásico pub inglés de mobiliario de madera, un frenético Ken Stringfellow (aunque en su caso el adjetivo es redundante) homenajeó junto a Birkins al David Bowie que se paseó bajo el personaje de Ziggy Stardust en su época más gloriosa. La misma carpa sería testigo de emotivos homenajes similares, tales como los de unos entusiastas Me and the Bees a The Breeders, el virtuosismo de Evripidis and His Tragedies interpretando a The Magnetic Fields, o la traca final de Mujeres para cerrar la última jornada, quienes en la cuestión de ser profeta en su tierra tienen el asunto totalmente bajo control, pues suelen arrastrar con ellos a una legión de fieles seguidores que convierten cada una de sus actuaciones en una auténtica fiesta. En su caso, el destinatario de su tributo eran Los Saicos, aunque sus propios temas intercalados fueron de lo más celebrado, como en el caso del coreado «Un Sentimiento Importante» con visos de himno generacional. Antes de ellos, y mientras el fenómeno Rosalía se daba un baño de multitudes también en su propia tierra, en la otra esquina del recinto los californianos Drab Majesty llevaron a los pocos espectadores que no habían sucumbido ante el fenómeno a un viaje por el espacio y el tiempo, para trasladarlos a la Inglaterra de finales de los 70 e inicios de los 80 y aterrizar en plena explosión new wave, abrazando el ideario de los new romantics a base de sintetizadores, oscuras guitarras, melodías que aprobaría el mismísimo Robert Smith y temas como «Too Soon to Tell» o «39 by Design» que fácilmente podrían colarse en cualquier recopilatorio de aquella época.

La noche del viernes se cerró con una clara orientación hacia la pista de baile desde diferentes perspectivas. Tame Impala debieron defraudar a los fans de su primera etapa dominada por guitarras psicodélicas, pero con su nuevo enfoque hacia un disco-house de aroma a french-touch y cercano a bandas como Phoenix o los Daft Punk más retro resultaron una agradable sorpresa para quienes no tenían muchas expectativas puestas en ellos, todo ello coronado con una «The Less I Know the Better» que puso a bailar a todos los presentes, y que fue un preludio ideal para los posteriores Jungle. El combo londinense volvía a aparecer en el recinto del Fórum con el recuerdo de sus memorables actuaciones del pasado en la memoria y con su reciente album For Ever bajo el brazo, y no decepcionaron a la nutrida audiencia con su festiva recreación de la atmósfera disco y funky reminiscente de la década de los 70 y lugares como el Studio 54, si bien en ciertos momentos dio la impresión de que el público bailaba unos bpms por encima de lo que realmente provenía del escenario. Por su parte, Mura Masa justificó totalmente su condición de joven prodigio y el hecho de que figuras del renombre de A$ap Rocky o Damon Albarn hayan colaborado con él; acompañado de vocalistas, ofreció una destacable sesión que dejó con ganas de más y en la que destacó el muy celebrado «Love$ick». Lástima que tras él, Peggy Gou se diluyera en la indefinición de su sesión, dejando un sabor agridulce en el cierre de la jornada.


En cuanto a que muchos de los asistentes tradicionales al festival se sintieran desamparados al conocer el cartel de esta edición, es probable que no tuviesen en cuenta que hubo un tiempo, allá por finales del siglo pasado, en el que Suede copaba todas las portadas de la prensa musical, Primal Scream tenían un directo inigualable, Stereolab eran el grupo más cool del planeta, Jarvis Cocker era el epítome de la elegancia, Liz Phair les señalaba el camino a seguir a todas aquellas mujeres con ansias de abrirse paso en un mundo eminentemente masculino (a la vez que le proporcionaba el impulso económico a un sello Matador aún en pañales para poder llegar a convertirse en lo que es hoy en día) y gregarios como Built to Spill comenzaban a labrarse una carrera sólida y coherente a la sombra de ilustres del indie-rock como Pavement o Superchunk. Visto esto, los lamentos podrían parecer cuanto menos injustificados. ¿El resultado? Para asombro de propios y extraños, unos renacidos Suede, liderados por un Brett Anderson que parece haber hecho similares tratos con el diablo que Jagger y Richards, arrasaron desde el primer minuto, luciendo un estado de forma posiblemente por encima de su mejor momento en el pasado, y con un repertorio difícilmente comparable, pues ante un set en el que asoman «We Are the Pigs», «So Young», «Filmstar», «The 2 of Us», una «Life is Golden» que por sí sola justificaría sus nuevas grabaciones, «The Drowners», «She», «Trash», «Animal Nitrate», «The Beautiful Ones» o una «The Wild Ones» en solitario que derritió a mitad del público, poco más es necesario añadir. A su vez, pese a no ser ya el destructor que era aquella formación de Primal Scream que incluía a Kevin Shields de My Bloody Valentine y Mani de The Stone Roses y que aplastaba a la audiencia sin ninguna piedad, los de Bobby Gillespie siguen manteniendo la forma y se sobran para despachar un notable repertorio con la misma actitud de antaño, centrado en esta ocasión en su faceta más stoniana a raíz de la recuperación de las grabaciones originales de Give Out but don’t Give Up, y en el que tampoco faltaron clásicos como «Higher than the Sun» o las más arrolladoras «Kowalski» o «Kill All Hippies», para despedirse con esa eterna «Rocks» que en su momento hubieran firmado Marc Bolan o sus satánicas majestades. Y en un momento en el que la psicodelia en todas sus acepciones lleva un tiempo estando en auge, Stereolab volvieron a los escenarios para reclamar el cetro que les pertenece por derecho propio, y si algún despistado podría albergar alguna duda al respecto, ya en la tercera canción salió a relucir una «French Disko» para acallar cualquier tipo de herejía. El final de concierto con «Ping Pong», «Percolator», «John Cage Bubblegum» y «Lo Boob Oscillator» fue simplemente para enmarcar. En el caso de Liz Phair, es cierto que algunos temas dieron la impresión de no haber envejecido bien, y que quizá sacada de contexto podría resultar difícil valorar su relevancia en su justa medida, pero aún así temas como «Never Said» o la sobresaliente «Fuck and Run» fueron argumentos más que sobrados para poner en relieve a una figura sin la que sería difícil entender el devenir del indie-rock hecho por mujeres en las últimas décadas y su actual buena salud. Built to Spill, por su parte, se enfundaron el mono de trabajo como de costumbre y centrando la actuación en su album Keep it Like a Secret ofrecieron una clase magistral de guitarras indie-rock sobrada de técnica. En cuanto a Jarvis Cocker, digamos que, a falta de las canciones de His 'n' Hers o Different Class, sigue siendo el epítome de la elegancia.

Todo apunta a que The New Normal ha llegado para quedarse, abracemos el normalismo.

Texto: Sergio Rodríguez Jurado
Fotografías: Primavera Sound

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