PRIMAVERA CLUB 2018 - 26, 27 y 28 de Octubre, Barcelona.

Viaje a los sueños bipolares (viernes 26)

La jornada inaugural de la presente edición del Primavera Club, campo de pruebas de uno de los festivales punteros del panorama nacional, pareció querer competir en esta ocasión con las más temerarias atracciones de feria, provocando en la audiencia una sensación de vértigo constante y alterando su estado de ánimo mediante los bruscos cambios de estilo de los artistas que se sucedían sobre el escenario.

Los locales Conttra, reciente fichaje de El Segell del Primavera, abrieron fuego en el escenario principal de la Sala Apolo con un enérgico y bien engrasado directo que recuperaba el sonido post-punk de inicios de siglo con el punto de mira puesto en la pista de baile. Sin embargo, con Franz Ferdinand como referencia más obvia, su único hándicap podría ser precisamente lo caduco de su propuesta estilística. Se esperaba algo más de los británicos Alaskalaska, pero lejos de potenciar en directo su faceta más dinámica, palpable en temas como «Meateater», su puesta en escena resultó algo monótona y con falta de pegada. Todo lo contrario que la Orquesta Akokán, que en formato de big band intergeneracional arrasó la pista de baile cual huracán caribeño retomando el aroma añejo de La Havana de los años 40 y 50 en un portentoso despliegue de mambo, chachachá y latin-jazz. «Otro nivel». Aún paladeando el sabor a ron de los cubanos, las guitarras desquiciadas con tintes de psicodelia y krautrock de Gnod resultaron un trago difícil de digerir. El necesario momento de serenidad y sosiego vino brindado por la irlandesa Hillary Woods, quien se sobrepuso al habitual «sonido ambiente» de estas citas para presentar los temas envolventes y de quebradiza fragilidad que componen su debut en largo Colt. Unos temas que requerirían de un ambiente más íntimo para llegar a desplegar toda su carga de profundidad. Y tras la calma, de nuevo tiempo para la tormenta de la mano de Louder Than Death, quienes no dieron tregua a base de un garaje-punk con esencia a Detroit y unas guitarras afiladas que en ciertas ocasiones llegaron incluso a recordar al mismísimo Joey Santiago. Por su parte, Boy Pablo, enésimo proyecto lo-fi de pop soleado surgido del dormitorio de un jovenzuelo inquieto (como puedan ser High Sunn, Big Search, Spirit Ghost…), despertó opiniones encontradas, aunque lo cierto es que su jangle-pop de toques surferos sonó fresco y refrescante, como no podía ser de otra manera, especialmente cuando encaró cortes tan redondos como «Losing You» o la sobresaliente «Dance, Baby!» (que podría rememorar a aquella deliciosa «After the Moment» de Craft Spells) con la que se despidió. Altin Gün se encargaron entonces de subir unos grados la temperatura de La 2 con un muestrario de psicodelia-rock turca de los 70 con tintes de funk y electrónica que puso a bailar a toda la sala. Quizá por lo novedoso de su propuesta por estos lares, resultaron ser una de las sorpresas positivas de la noche.

Bitch, Don’t Kill My Vibe (sábado 27)

Dos de las propuestas vistas el sábado podrían sin duda copar un hipotético podio de la presente edición. Una de ellas, la australiana Jen Cloher, se presentó en solitario en un inusitado horario de mediodía para una artista de tal categoría ante el escaso público que había desafiado a la lluvia y se había acercado al Centro Cultural Albareda. Con una imponente presencia escénica a la altura de grandes figuras del rock como Chrissie Hynde, por ejemplo, ya desde los primeros acordes de la destacada «Regional Echo» puso de manifiesto que nos encontrábamos ante algo serio, y el nivel no decreció en ningún momento. Consiguió conectar con el respetuoso público durante la presentación de alguno de los temas, como en la confesión de su amor por Patti Smith y The Doors en «David Bowie Eyes», y recuperó canciones menos habituales en su repertorio con banda en un set en el que también destacaron cortes como «Sensory Memory» o «Waiting in the Wings». Justo antes, Silent James había dejado muestra de su buen hacer con un repertorio de clara influencia británica que iba desde las melodías refinadas en la senda de Belle and Sebastian de «It’ll Never Be the Same» hasta un pop de corte clásico y elegante con la mirada puesta en Neil Hannon, Jens Lekman o The Apartments cuando se sentaba al piano, todo ello aderezado por un violín que enriquecía de matices cada melodía. Una grata anomalía dentro del panorama catalán, tal como lo fue la aparición de Coach Station Reunion hace algunos años.
Ya por la tarde, las opciones estaban más o menos divididas en dos bloques: uno más enfocado al pop de guitarras en diversas acepciones en la Sala Apolo, y otro centrado en el hip hop vía grime y UK garage en La 2. Y fue de este segundo bloque de donde surgió el otro gran triunfador, por así decirlo, del fin de semana. Haciendo gala de músculo, en sentido literal y figurado, JPEGMAFIA se abalanzó sobre el escenario, saltando de una esquina a otra, dispuesto a no hacer prisioneros por el camino en un ejercicio de visceral terrorismo sonoro en el que disparó consignas incendiarias contra todo y contra todos enardeciendo al público y redefiniendo lo que debe ser la actitud punk en el siglo XXI. Así, el de Baltimore dejó una difícil papeleta a sus sucesores sobre las tablas y, mientras Slowthai naufragaba con un show más inofensivo de lo que cabría esperar atendiendo a las crónicas de sus conciertos y que estaba aún muy lejos de ser ese sucesor de Dizzee Rascal que pregona la prensa británica, el verso incisivo de la también británica Flohio sí estuvo a la altura de las expectativas y volvió a inflamar la pista de baile a base de grime.

Por otra lado, Halo Maud, nuevo proyecto de la guitarrista francesa Maud Nadal, fueron los encargados de abrir la jornada en la Sala Apolo con una ensoñadora psicodelia-pop heredera de bandas como Broadcast o Stereolab (salvando las distancias, obviamente) que en directo ganaba en intensidad y hacía olvidar la excesiva pulcritud en la producción de su debut Je Suis Une Île. Igual de envolvente resultó la presentación de Crumb, combo neoyorkino de enrevesadas melodías y sucesiones armónicas imposibles con ciertos aromas jazzísticos liderado por una Lila Ramani que bien podría pasar por la reencarnación de la Jenny Toomey que a mediados de los 90 sacudió la escena indie americana con Tsunami o Liquorice. Como los gustos adquiridos, una música que podría parecer esquiva en una primera impresión pero que resulta tremendamente adictiva una vez asimilada. Por su parte, los también americanos Hop Along ofrecieron un solvente directo con regusto a indie-rock clásico donde el liderazgo y peculiar tono vocal de Frances Quinlan imprimió el carácter y personalidad necesarios a falta de algún hit destacable que echarse a la boca.

Run the World (Girls) (domingo 28)

Si de algo no se podrá acusar a los responsables del Primavera Club es de no programar a artistas femeninas en su cartel (si bien los adalides del post-puritanismo atroz imperante en las redes sociales seguramente serían capaces de encontrar cualquier otro motivo de queja), pues además de lo visto en los dos primeros días, la última jornada estuvo prácticamente copada por propuestas femeninas.

Una entusiasta Buzzy Lee (dejaremos el asunto de los lazos familiares para la prensa rosa) fue la encargada de abrir la tarde con un elegante pop de cámara embellecido por los fraseos de guitarra que le daban un cierto aire cinematográfico (¡ups!). Aunque fue tras la revisitación del «¿Por qué te vas?» popularizado por Jeanette cuando la americana se soltó, dejando el teclado a un lado y lanzándose a una versión aún más dance de la refinada «Coolhand» seguida por un final de electrónica aterciopelada (esa mano de Nicolas Jaar…) que dejó un estupendo sabor de boca. Tras ella, llegó otro de los momentos memorables del fin de semana de mano de la cautivadora Stella Donnelly quien, sobrada de carisma y sentido del humor y tan solo con una guitarra, se metió rápidamente al público en el bolsillo presentando su primer ep Thrush Metal. Temas de apariencia delicada pero con alma de indie-rock o punk («Mechanical Bull») y con mensaje reivindicativo a favor de las víctimas de abuso sexual que son doblemente victimizadas (incluso por sí mismas) en «Boys Will Be Boys». Palms no convencieron a los adeptos a Animal Collective, por lo que difícilmente iban a conseguirlo con sus detractores. Por su parte, el R&B reivindicativo de la jovencísima Ama Lou resultó balsámico, dadas las alturas de festival. El cierre de fiesta corrió a cargo de uno de los nombres que más expectación había despertado, y Lindsay Jordan no defraudó en absoluto con su proyecto Snail Mail y su notable y recién editado Lush bajo el brazo, en un ejercicio de indie-rock noventero de muchos quilates y en el que las historias de imberbes amores rotos adquirían mayor dramatismo por la voz quebrada de Lindsay y el tono nostálgico de las melodías, con la destacada «Pristine» como punto más álgido de la noche.

(Nota: se rumorea que el trap hizo acto de presencia durante el festival pero, como broma pesada al respecto, un servidor ya tuvo suficiente con la performance de Yung Beef en la pasada edición del Primavera Sound).

Texto: Sergio Rodríguez
Fotografías:
Jen Cloher (portada): Dani Canto
Orquesta Akokan: Christian Bertrand
JPEGMAFIA: Sergio Albert
Stella Donnelly: WasFoto?

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