BBK. Tres letras. Tres días de festival. Tercera edición a la que asisto. Tres los que nos desplazamos a Bilbao en un viaje de tres horas. Otras tres para entrar en el recinto del tercer gran festival al que acudo este año. ¿Querrá decir algo tanto tres? Me temo que no, pero es al menos curioso.

También lo es que un festival de este tamaño, con varias ediciones celebradas y una promotora potente detrás, deje bastante que desear en ciertos aspectos de la organización. Quizá no haya espacios adecuados para un evento de estas características en el mismo Bilbao, pero el acceso a Kobetamendi (o Monte Kobetas) se hace eterno (no digamos el retorno a la ciudad de madrugada tras horas de conciertos). El jueves subimos desde el B.E.C., sin descanso tras el viaje y con la vana esperanza de llegar a tiempo para ver a Alt J, autores de uno de los discos más interesantes de 2012. Cuando vimos la larguísima cola que había para coger el autobús que lleva al recinto recibimos una buena dosis de realismo: bastante sería llegar a los últimos temas. La espera fue amenizada por un grupo de jóvenes cristianos que repartían panfletos antiabortistas y proclamaban soflamas acerca de las manchas que nos dejaban el sexo y otros placeres de la vida.

Siguió el jolgorio cuando el autobús nos dejó a quince minutos cuesta arriba de la entrada (ya sabemos lo aficionados que son en Euskadi al montañismo) con un bochorno que nos hizo llegar sudando como patos delante de un cartel que señalaba a la izquierda para entradas de un día y a la derecha para abonos de tres días. Ya. Éstas eran las indicaciones, escuetas, la verdad. Nos dirigimos cual rebaño hacia la derecha flanqueados por grupos de botelloneros que apuraban el contenido de sus bolsas con alegría ya que, como suele ser habitual, no se puede introducir bebida ni comida en el recinto, que los tipos de las barras y los puestos de comida también pagan facturas. Entre el paseo y la espera para entrar, volaron las opciones de ver a Alt J, y las de llegar a Editors iban por el mismo camino. Ésta es más o menos la conversación que mantuvimos con el personal que proporcionaba pulseras y controlaba la entrada, superados por la avalancha de gente que había : “Disculpe, ¿dónde se canjean las entradas compradas online?”-”Pregunta más adelante”-”¿Y las acreditaciones?”-”No es por aquí, te has equivocado de cola”-”Es que no estaba indicado en ningún sitio”- “Es una de las casetas que está detrás del torno, diles que te dejen pasar”. Todo esto con pinta de no tener ni idea y atropelladamente, ya que el tsunami humano amenazaba con pasar por encima de ellos. Afortunadamente nos dejaron entrar y encontramos los cubículos correspondientes, dónde nos pusieron las pulseras festivaleras de rigor. Eso sí, las de mis acompañantes estaban recicladas del Sonisphere 2012 (¡!), lo que supuso una pequeña decepción para su corazoncito coleccionista (y con razón, es un poco cutre el reaprovechamiento pulseril, que el precio del abono da por lo menos para un trocito de plástico estampado, digo yo).

¡Por fin estábamos en el BBK Live! Costó pero lo conseguimos, no sin sufrir dolorosas bajas en el intento (léase Alt J y Editors). Además de la enorme cantidad de asistentes, nos llamó la atención el suelo cubierto de platos de paella a medio comer, e incluso casi sin tocar, enfrente de los puestos de provisiones. En ese momento decidí que un manjar merecedor de semejante trato había que probarlo antes o después. Llegamos a tiempo de escuchar diez minutos a Charles Bradley mientras reponíamos fuerzas tras los avatares del acceso. Un bocata de lomo a la plancha un poco seco y queso cumplió dignamente con esa labor, convirtiéndose en nuestro principal sustento en Kobetamendi. Volviendo al gran Charles, cantante de la vieja escuela que ha conocido la fama ya talludito, soul sudoroso y de alto octanaje, James Brown style. Y de allí, al escenario principal al concierto de unos “chavales” ingleses.

A las 22:37, con puntualidad inglesa (habitual los tres días, punto para el festival), el plato fuerte del jueves, Depeche Mode. Comenzaron con "Welcome to my world" y ya pudimos comprobar el buen estado de forma de la banda. Dave Gahan con su clásico peinado y sin parar a pesar de los años y los excesos, Martin Gore y sus sempiternas uñas pintadas de negro, la flema habitual de Andrew Fletcher.... Como reza el tango, veinte años no es nada, y treinta poco más, al parecer. Parada durante "Precious", problema técnico, se soluciona el incidente aprovechando para subir un poco la voz y encadenan "Black Celebration" y "Policy of truth", sin concesiones y con un sonido más que notable. A los cincuenta minutos Gore da el relevo a Gahan en el micro para cantar "Judas" acompañado del piano. Muy bien resuelto. El momento de mayor comunión con un público algo frío llegó al final con "Enjoy the silence" y "Personal Jesus", coreadas con entusiasmo. Pequeño descanso y a por el bis. Retorna Gore con una maravillosa "Home" otra vez respaldado por piano, vuelven todos para la traca final con "Halo", la bailadísima "Just can get enough", "I feel You" y Gahan sin camiseta para "Never let me down again". Dave levanta una mano ligeramente ladeada y sobrecoge ver instantáneamente los brazos del público cual campo de tulipanes a merced del viento tras ese mínimo gesto del cantante. Espectacular final tras dos horas de concierto. Disfruté como un enano con una de mis bandas favoritas desde la adolescencia, la verdad.

Tras esta intensa experiencia, se hacía necesario remojar el gaznate. Nos encaminamos hacia el escenario Heineken para llevar a cabo tan delicada tarea mientras escuchábamos a Biffy Clyro. Por desgracia, los escoceses no captaron suficientemente nuestra atención con su rock “alternativo” (por cierto, alternativo a ¿qué?) muy influenciado por el grunge y bandas de los noventa, así que nos dimos una vueltecilla por el recinto encontrándonos con algunos paisanos y haciendo tiempo hasta el siguiente grupo. A las dos en punto arrancaron Two Door Cinema Club con su propuesta bailable y algo monótona. Algunos temas parecerían repetidos si no fuese porque su cantante Alex Trimble alterna guitarras y teclados, lo que hace suponer que no deben estar tocando la misma canción una y otra vez. De todas maneras, el público se lo pasó en grande, objetivo primordial de un evento de estas características.

Delorean fueron la última banda que vimos el jueves. Los de Zarautz me gustan, de hecho era la tercera vez que los veía, pero son otros cuyas canciones me resultan bastante parecidas (y un poco confusas) en directo. Pese a todo, cayeron unos bailoteos que sirvieron para agotar las escasas fuerzas disponibles (ya que el cansancio del día, con viaje incluído, y la ingesta de cerveza comenzaban a hacer mella) y que renunciásemos a ver a los dj's que pinchaban a continuación, con lo que nos encaminamos hacia la parada del autobús, afortunadamente cuesta abajo. No hubo que esperar demasiado para el retorno al B.E.C. y al coche aparcado en una de las plantas del parking habilitadas para los festivaleros al "módico" precio de siete euros. (continuará)

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